La práctica puede verse en las llamadas batallas de aura, en las que los participantes intentan demostrar quién proyecta más seguridad, atractivo o personalidad a través de gestos, poses y distintas formas de mostrarse.
Pero detrás de una tendencia que parece simplemente divertida existe una dinámica propia de la adolescencia: la necesidad de explorar la identidad y encontrar un lugar dentro del grupo.
Montse Escobar, psicóloga humanista, señala que estas prácticas no deben interpretarse automáticamente como una señal de baja autoestima. “El problema no está en jugar a tener más o menos aura, sino en creer que nuestro valor depende de la puntuación que recibimos de los demás”, explica.
La expresión combina dos conceptos. Farmear proviene del lenguaje de los videojuegos y hace referencia a repetir determinadas acciones para obtener recursos o puntos. Aura, en este contexto, se utiliza de manera figurada para hablar de la capacidad de una persona para parecer carismática, interesante, segura o especial.
La expresión aura farming comenzó a aparecer en redes sociales en enero de 2024 y se extendió especialmente durante ese año en comunidades relacionadas con el anime y la cultura de los memes.
Las actuales batallas de aura trasladan esa idea a una competencia visible: ganar reconocimiento demostrando quién tiene mayor presencia o capacidad para llamar la atención.
Para Escobar, la tendencia no representa una necesidad completamente nueva. Durante la adolescencia aumenta la necesidad de diferenciarse de la familia, construir una identidad propia y descubrir cómo se es percibido por el grupo.
Antes, esa búsqueda podía expresarse mediante la ropa, una determinada forma de hablar, ser el más divertido o atrevido o aparentar seguridad.
Ahora, el término aura reúne esas distintas formas de prestigio social y las convierte en una especie de “capital simbólico”.
Por eso, participar en una dinámica de este tipo no implica necesariamente un problema. Puede ser simplemente otra manera de experimentar con la propia identidad y recibir información sobre cómo reaccionan los demás.
La diferencia está en que las redes sociales hicieron que esa valoración pudiera ser “pública, permanente y cuantificable”.
Una reacción que antes ocurría durante una conversación quedaba limitada a ese momento. Ahora, una persona puede comprobar durante horas cuántos usuarios vieron una publicación, quién reaccionó, cuántos “likes” recibió o cómo funcionó en comparación con la de otra persona.
Según la psicóloga, esa exposición puede desplazar el foco: en lugar de preguntarse si realmente se quiere hacer algo, la persona comienza a pensar principalmente cómo será percibida por los demás.
La necesidad de ser visto no nació con las redes, pero la tecnología amplificó la frecuencia y la visibilidad de esa valoración.
La principal señal de alerta no está en farmear aura en sí mismo, sino en qué lugar ocupa la aprobación externa en la vida cotidiana. Mientras la actividad resulte divertida y el reconocimiento pueda disfrutarse sin necesitarlo continuamente, forma parte del juego social.
La situación cambia cuando la valoración de los demás empieza a regular el estado de ánimo: sentirse bien cuando llega la aprobación y mal cuando desaparece.
También puede ser una señal de dependencia cuando una persona modifica excesivamente su comportamiento para conseguir reconocimiento, se compara de manera permanente con otros o necesita comprobar de forma constante cómo está siendo percibida.
“Hay una pregunta muy sencilla que puede ayudarnos a entender dónde estamos y es quién soy cuando nadie me está mirando”, plantea Escobar.
La búsqueda de reconocimiento es parte del desarrollo social y no desaparece simplemente al crecer. El desafío, según la especialista, consiste en desarrollar progresivamente una valoración propia que no dependa por completo de la respuesta del entorno.
El problema aparece cuando el juego deja de ser voluntario y la aprobación de los demás se convierte en la condición necesaria para sentirse valioso.






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